
Por esta regla de tres, para no ser falso hay que decir siempre la verdad. ¿Y quién no miente alguna vez?, con lo que despejo la ecuación y me queda este resultado (con interrogante): todos somos falsos. No obstante, la mayoría de las personas consideramos que una persona falsa es aquella que oculta cosas que debería decirnos, o que da una cara delante de nosotros y luego resulta ser una persona distinta. Hay gente a la que le encanta ir por la vida con el estandarte de "Yo soy una persona muy sincera y las cosas las digo siempre a la cara porque no me gustan las mentiras (las que no salgan de mi boca, claro)", y me hace gracia porque normalmente sólo muestran su "sinceridad" a la hora de echar cosas en cara, de insultar, de sacar defectos o de recordarte lo mal que te queda esa camisa con lo plana que estás. Nunca se acuerdan de ser sinceros cuando ven que estás llendo por el mal camino, cuando ven que te estás enamorando de alguien que saben que te va a hacer daño, o cuando estás preciosa porque ese día has ido a la peluquería y se te nota en la cara que eres feliz. Yo personalmente creo que, aunque hay que llevarla siempre por delante, la verdad a veces es innecesaria y dolorosa. Si diciéndola puedes cambiar las cosas y hacer que vayan a mejor, estupendo, pero si sólo vas a conseguir herir los sentimientos de alguien o sembrar la discordia, convendría pensárselo dos veces. De las personas sinceras me libre Dios, que de las falsas me libraré yo.Otro aspecto también es que muchos de los que dicen odiar a la gente falsa al final resultan ser ellos los auténticos falsos que se callan sus más oscuras intenciones, y estoy segura de que todos tienen algún un ejemplo a mano. Esto se puede resumir con uno de los refranes más sabios "Dime de qué presumes y te diré de qué careces…"


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